lunes, 15 de diciembre de 2008

Cotidianas

I
Podrido, todo huele a muerte.
A medida que apresuro mi caminar voy disolviendo las sombras, como si todo estuviera apoyado sobre el agua, sensible al impacto más ínfimo.
Un pequeño desierto casi inadvertido. Una boca con saliva estacionada. Nada por decir.
Mientras me tomo la falda para subir las escaleras de mi edificio, la humedad penetra en mi nariz. Estoy rodeada de gente vieja. Al fondo, atrás, atrás.
Un piso, dos.
De pronto, vuelve la luz y mi casa se acerca. Entro desesperada por un baño. La ciudad me llena de olores que detesto.
Perfumes de jabones, suavidad de toallas.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Alejandra
almendrar
de a ratos

Rapidez del rayo
como la del primer sonido de la carcajada.

Dragones
mis manos se te acercan
te calientan con el roce
y luego hacen combustión con tu piel.

Te grito
y me inmovilizo con el eco de mi voz
no me gusta siquiera haberme gritado
y sólo fue el retorno de aquello que no absorbiste con tu cuerpo.

Alejandra
draculear
todo el tiempo que sea necesario.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Un trabajo más? No, por favor. Los días sólo suceden para continuar las lecturas, ellas son las que deciden, las que marcan el camino al tiempo, que respetuoso las sigue… un libro à venir se devora mis miradas. No es más que un puñado de lecturas, que gratamente, cuando quieren, convergen o quizás simplemente declinan (como el clinamen) y allí es donde celebran sus fiestas. Luego, las barcas deciden saludarse y la rueda se inicia desde otro lugar.

lunes, 28 de julio de 2008

El devenir monográfico

La monografía... la monografía terminó bien, aprobada, debajo de unos libros que todavía no logro acomodar en el living o estudio de mi casa. Realmente no pude llegar a acompañar el proceso de su gestación, antes de terminarla, ya había perdido la fe en el proyecto... confieso que no es algo que siempre me suceda, pero cierto nerviosismo, cuando se tiene a un destinatario tan visible, esfuman cualquier impulso... quizás Derrida tenga razón en este punto cuando señala que la lógica del envío es no tener un destinatario. El don sólo acontece cuando no hay un quién, o cuando éste se revela a posteriori y no en el momento inicial donde manos y teclado se tocan.

sábado, 10 de mayo de 2008

Lo acuático es mi bronca, desde siempre, desde que lloro. Ignoro los nexos existentes entre ellos. Supongo que saberlo correspondería en gran medida a conocerme... Alanis solía decir I’m broke but I’m happy…

martes, 15 de abril de 2008

Cansada, resuena la pregunta acerca de si la vocación trae las fuerzas necesarias para perseguirla. ¿Cómo dar el salto a la adrenalina que me produce la laboriosidad, aquella que me hace sentir saludable, haciendo lo que debo hacer, como si sólo pudiese averiguarlo a posteriori?
Pasó el día, los libros empolvados, la casa devenida y el hastío perdiendo mi tiempo. Últimamente, las palabras salen lento, resistiendo al aire exterior, llorando en su primer respiro, sobrealmadas, las percibo desde lejos mientras hago otras cosas.

jueves, 20 de marzo de 2008

2. Cierre
Después de 3 meses, la carpeta “Monografía Rossi” cuenta con 6 archivos, cada uno de ellos es un capítulo de uno de los trabajos menos apasionados que escribí en los últimos tiempos. Me rindo, creo haber llegado a lo mínimo requerido. Termino de arreglar algunas cosas al son de Amália Rodrigues… Zanguei-me com meu amor, Tudo isto é fado… la música me recuerda que la vida puede ser más ligera, que a veces mis manos pueden deslizarse con mayor apremio en el teclado y que esa sensación puede, incluso, ser placentera.

Famosas son aquellas primeras páginas de Ser y Tiempo, donde Heidegger se sitúa como un pensador que descorre el velo de la historia de la filosofía para advertir a sus lectores contemporáneos acerca de un ocultamiento olvidado. La pregunta por el sentido del ser, que recorrerá en dos diferentes modulaciones toda su producción filosófica de aquí en adelante (la pregunta por el sentido y la historia de la verdad del ser), abre la investigación filosófica desde un planteo tan fundamental como los inicios del filosofar mismo…

(…)

La investigación de los conceptos fundamentales de cualquier área del conocimiento se apoya sobre un terreno aún más originario, que les brinda la fundamentación adecuada, incluso en su desconocimiento. Éste es el terreno que Heidegger le asigna a la “ontología fundamental”, tarea esencial de la filosofía y de la cual la pregunta por el ser se destaca como su objeto primario. Mientras que las ciencias positivas discurren sobre un terreno específico de lo ente, es decir, recortan de alguna manera el campo posible del ente en su totalidad, la reflexión ontológica se halla en el momento cero de dicha distinción y se ocupa, ante todo, de una de las notas del ente, aquella a la cual Aristóteles rehusó situar en el terreno de las categorías y a la cual Platón dio por comprendida: el ser…

and so on. Es mi primera monografía de doctorado. Voy a la heladera y continúo con el rito sensualista. Esta vez, queso y dulce. Día de sol, festividad cristiana y música en la habitación. El ocaso del desierto monográfico comienza a menguar…

jueves, 28 de febrero de 2008

Monografía

1. Fastidio
Hace ya dos meses que emprendí la tarea de escribir una monografía para un seminario sobre la noción de “pueblo histórico” en Ser y Tiempo. El proyecto, desde el principio ambicioso por el simple hecho de que el profesor que lo dicta es conocido por su exigencia y/o severidad, se transformó en una pesadilla inagotable de material para leer, resultando un texto desorganizado, en el cual intento no dejar brotar una sola idea personal por miedo a tergiversar los conceptos.
Un enmarañado de desarrollos fieles, conjunciones eruditas injustificadas y, probablemente, montones de imprecisiones.
Ya voy 24 páginas.
No tengo más ganas de seguir escribiendo o leyendo sobre el tema. Logré, durante el proceso, transformar la inseguridad y la impaciencia en un odio profundo hacia el autor, la temática seleccionada y todo aquello que se encuentre cerca de un par de libros que me miran desde la bolsa en la cual llegaron y de la cual quizás nunca salgan… y si los tiro a la basura? Y si borro el archivo de la compu y me olvido del verano?
Todos los días me despierto con la esperanza de que llegue ese día que todos esperamos: el día en que, por algún motivo, las cosas resultan más claras y nuestras emociones contrarrestantes quedan a un lado para poder trabajar tranquilos, para poder hacer algo tan simple como “escribir una monografía”, algo de lo que supuestamente uno es capaz. Después de todo, si no puedo con un texto de 24 páginas, ¿qué voy a hacer cuando llegue el momento de la tesis?

jueves, 21 de febrero de 2008

"Toda persona que actúa ama entonces su acción infinitamente más de lo que merece ser amada; y las mejores acciones se producen en semejannte exceso de amor, de modo que en todo caso tienen que ser indignas de este amor, aun cuando su valor fuera incalculablemente grande."
(F.N., Segunda consideración intempestiva)

miércoles, 13 de febrero de 2008

La farsa de la comunicación

El silencio abunda por estos tiempos. Cubre lo por-decir y lo no dicho, cuyo intervalo me provoca una sensación de estar perdida, tanto por la frustración de las palabras no recibidas, así como también por la conciencia de que, cuando lleguen, no serán las esperadas.
El silencio no tiene experiencia del tiempo. Quizás la sensación más cercana sea la de flotar en un ilimitado vacío, de grises y negros, de humo y viscosidad.
Agitar los brazos no ayuda a salir de él, tampoco patalear: el silencio no es lo suficientemente líquido como para poder nadar en él. Sin embargo, uno no deja de intentarlo y quizás por ello se queda cansado luego, como si hubiera hecho un esfuerzo físico descomunal (fuera de lo comunitario… y sí). Lo cierto es que los traslados son casi fortuitos (por lo pronto, y en lo que respecta a la palabra, depende de otro). Quizás los muertos nos acompañen allí más de cerca, a veces me parece sentirlos. Ellos sí pueden discurrir libremente. Ellos lograron convertir al silencio en su lenguaje… o quizás ya no necesiten hablar.
Algunos de nosotros se llevan mejor con él. Les gusta la sensación de vacío, la experiencia imposible de la nada, el alejamiento e, incluso, la soledad.
Otros, entre los que me incluyo, no sabemos qué hacer, sobre todo cuando la extensión es incierta, nos resulta interminable. Llegamos a creer que puede no tener fin.
El silencio puede ser ignorancia o sabiduría, puede ser prudencia. Puede, incluso, refrenar a la mentira. Pero, más allá de lo que él efectivamente sea o pueda llegar a ser paraliza, angustia, incomoda, aleja, perturba, asusta, entristece, decepciona:

Trajeron la correspondencia; como no encontró ninguna carta de Lepré, tuvo un gesto de decepción. Entonces, comparó la distancia que había entre lo absurdo de una decepción –cuando no hubo allí ni el más ligero alimento para la esperanza- y la intensidad muy real y muy cruel de esta decepción. Comprendió que había dejado de vivir solamente en la vida de los hechos y los acontecimientos. (M. Proust, El indiferente)

viernes, 8 de febrero de 2008

In memoriam

Como en casi todas las oportunidades, uno nunca puede despedirse o quizás, siempre se está despidiendo.
Hace apenas unos días, falleció Paco Vidarte, filósofo español y, según mi parecer, uno de los mejores intérpretes derridianos. Algunos de nosotros tuvimos la oportunidad de conocerlo y ahora sentimos la tristeza de su despedida, habiendo dejando tras de sí muchas promesas.
Entre las coincidencias, el síntoma y la invención, Paco cruzaba los puentes que ponían en contacto a Derrida y Lacan en tonos desafiantes, divertidos, como si el riesgo, tanto de los encuentros como de los desencuentros, reforzara la energía adrenalínica de su discurso.
Un discurso de filosofía impulsivo:

De oír en labios de otro esto mismo, me escandalizaría sin duda, sentiría correr por mis venas litros de sangre encendida de ira santa, le pediría a quien fuera muchas explicaciones, que fuera más despacio, que procurara ser menos tajante, incluso le preguntaría por qué y para qué demonios hace y dice eso, advirtiéndole de los riesgos de estos vertiginosos quid pro quo de avezado prestidigitador. O puede que a estas alturas me tomara ya las cosas con más tranquilidad, sin darle mayor importancia. Decir que Lacan y Derrida se parecen mucho no tiene por qué parecerle inquietante a nadie. A veces también es bueno decir cosas para desmentirlas acto seguido. Decirlas para abandonarlas, o decirlas uno para que no las digan otros y ahorrarles el mal trago.

Entre las impresiones que permanecen más vívidas, lo recuerdo como un hylozohísta de ontologías del devenir. De líquidos y fluídos. De lo sensible. De una ley del suceder como symptôma y de una ética de la alegría, de la apertura hacia aquello que pueda darse.
Su ciencia jovial nos abrazó apenas lo escuchamos, lo miramos. El día que lo conocí, me contó fascinado su recorrido por Buenos Aires en bicicleta. Los ojos se le salían de los surcos y su cara, colorada, acompañaba a esa expresión de explosión facial que algunos humanos podemos generar en determinadas oportunidades, como las que suelen ser acompañas de relatos extraordinarios:

Yo pegaba de pequeño los chicles debajo del pupitre para reutilizarlos más adelante, donde había una verdadera reserva filosófica de goma de mascar propia y ajena, indistinguibles, para mitigar el aburrimiento en tardes de hastío. Y aún los pego en el borde del plato cuando tomo café para volver a masticarlos luego. Vicio pertinaz de funcionario historiador de la filosofía. Lo inanalizable tiene mucho que ver con la viscosidad del resto.

Lejos de las narrativas pretenciosamente conclusivas, la conferencia que dictó en las Jornadas “Por amor a Derrida"*, disparó directo hacia nuestras convicciones teóricas. Entre perplejos y fascinados, muchos de nosotros no sabíamos, no esperábamos, aquellas palabras que se pronunciaban en un registro out of joint del filosófico. Nos enamoramos de Paco y él, quizás, de nosotros. Nuestras naves se cruzaron y pudimos celebrar inolvidables fiestas. Algunas de ellas, entre copas de vino y carcajadas. Otras, quizás en dosis más académicas. Lo cierto es que Paco nunca dejó de invitarnos, de incitarnos a compartir aquello que para él era vital:

Confieso que mis mandíbulas ya están cansadas de rumiar el objeto pequeño j@cques y se ven incapaces de sacarle más jugo que no sea mi propia saliva. En cualquier caso el chicle que escupo es el mío. Y me ha dejado buen sabor de boca, aunque ya ha perdido su textura y aroma primigenios, incluso se le ha roto la fibra de tanto ser mordido y ahora se me queda pegado en los labios. No me importa si otro quiere mascarlo un poco más.

En el blog www.pacovidarte.org pueden encontrarse textos de su autoría, así como también relatos y fotos de sus últimos tiempos que, en un gesto de fortaleza desbordante, supo compartir.







* “Derriladacan”, de la cual han sido extraídas las citas que se mencionan en este texto. La versión completa puede hallarse en www.jacquesderrida.com.ar

lunes, 7 de enero de 2008

Le caen lágrimas y se las bebe, siempre riendo. (Cortázar, El Perseguidor)

Caen… alguna vez estuvimos más alto?
La mirada melancólica. Todo esto no es más que la farsa de un sueño, de un mal sueño que comenzó con nuestra primera respiración. Y si en vez de llorar hubiésemos comenzado a vivir riendo? Acaso comenzar a vivir duele? Y cómo se evita ese dolor si es tan primitivo?
La cara siempre mojada. Las lágrimas la humedecen constantemente, necesariamente, como las pieles de ciertos animales acuáticos, sólo que en un proceso de autosuficiencia: nosotros mismos producimos la hidratación de nuestros rostros.
Y luego, dos recorridos posibles: dejarlas ir, hasta que ellas mismas se evaporen, o tragarlas. En ambos casos, el trayecto saliniza, erosiona, hace gesto. Las lágrimas modelan nuestras expresiones antes de que éstas sucedan. Delimitan su potencial acorde a las cantidades, a sus frecuencias. Así, algunas personas parecen no poder sonreír luego de grandes llantos y cuando lo hacen el espectador vivencia un proceso que suele parecerse a la producción de lo extraordinario, incluso del milagro mismo.
Objetivamente, se llora acompañado por otra persona, en público (al menos frente a dos), cerca de un animal o de una planta.
Subjetivamente, siempre se llora solo. Nadie llega. El llanto cierra, clausura el ingreso del otro. Ni siquiera el abrazo alcanza al estallido que, una vez puesto en marcha, no hace más que insistir en su perpetuación. Porque nos gusta llorar, porque sabemos que las lágrimas liberan algo de nuestro veneno interno, como una suerte de deshidratación curativa.
Sin embargo, los dos trayectos sugeridos señalan diferentes destinos. No es lo mismo dejar ir a aquella humedad producida que tragarla. Esto último, tan difícil por cierto, señala la posibilidad de nuestras fuerzas. Como cuando entramos en una casa, abrimos la alacena, y encontramos allí algo de comida: una lata, un paquete de galletas o un frasco de café instantáneo. La casa no está vacía:

Entonces Dédée ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tenían una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco. (Ibid.)