Nunca como por estos días tuve la sensación de comprender finalmente una de las frases más trilladas de nuestro castellano. Un baldazo de agua fría...
Si hubiera sido un film, me habría ido insatisfecha, alegando lo abrupto del final, los lazos sueltos de la trama y la poca previsión del tiempo de una película que prometía ser larga.
Claro, cuando uno se encuentra con ese final termina preguntándose si realmente habría valido la pena que el director hiciese una peli más larga, quizás con más presupuesto o simplemente con algo de paciencia.
Pero más allá de las apreciaciones o apuestas sobre la cualidad de esa película, lo cierto es que uno se había comprometido con más tiempo de historia, de fantasía. Y de pronto las luces se encienden y hay que abandonar una sala llena de pochoclos y gente que siempre parece ser mucho menos atractiva que la del film.
Salir a la calle, pensar en comer, elegir colectivo o taxi, volver a casa, abrir la compu para encontrar sólo aquellos mails que no significan y darse cuenta de que finalmente, y casi sin advertencias, la película ya terminó.
¿Habrá una segunda parte? ¿Una remake? No importa porque la eternidad en apoyo de lo instantáneo* se perdió y la magia de una (re)aparición no puede estar nunca garantizada. Ni vuelta ni proyección. Tampoco una clausura, pero los brazos abiertos... realmente una exigencia desmesurada es la que cierta esperanza demanda en los casos que la invisibilidad de una cerradura no nos permite siquiera ver lo cerrado.
*Godard, Bergmanorama.