Miraba por la ventana,
perdiéndome,
desprendiéndome,
desparramándome por los ojos.
Queriendo asegurar perder.
Porque la mirada también expulsa. Nos expulsa de la acción (contemplatio), nos previene de la inevitabilidad de un otro, nos abandona a cualquier otra cosa que se presente en el absurdamente estrecho marco de nuestra vista.
Mirada atenta. Mirada perdida, vuelta hacia adentro o hacia un no-lugar. Siempre es algo otro lo que nos cautiva, porque la mirada nos advierte nuestra sujeción, incluso, en aquellas ocasiones en que cerramos nuestros ojos (las más de las veces, si contamos la infinidad de parpadeos que realizamos durante una hora).
Paradoja de recorrer lo que se quiere capturar en el movimiento más básico de la desapropiación.
Las pestañas saludan y ocultan esas pequeñas esferas húmedas que salvaguardan no sólo un sentido, sino ante todo una expresión, incluso en la expresión tímida que puede atisbarse detrás de unos lentes (sin recurrir a la metáfora de la muralla en este último caso)... expresión adornada también.
Comprender, capturar, memorizar fotografiando,
aprobar, desaprobar, considerar, ignorar,
y tantas otras cosas que se nos escapan,
que no se resuelven por nuestro gesto visual, él mismo, siempre impropio.
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