Sale del dolor, así, sucio, lleno de palabras que se muerden
la boca, que aprietan los dientes ya gastados de apretar. Como gesto de
impotencia sublevada. Una y otra vez. Tantas veces como sea necesario. O
inevitable.
Conversar indefinidamente. Sólo para el desvío de la
comunicación, o para ganar una batalla invisible, interna, con contrincantes
inexistentes o simplemente ausentes al diálogo presente.
Cuando se secan las salivas, comienzan a ensancharse los silencios
de la resignación, del desgaste. Generalmente, las miradas se esquivan, siempre
se dice algo horroroso, de esas cosas que no pueden volver a repasarse… no, no
hay recapitulación posible, la síntesis no aclara porque el lenguaje no es
vacío: cada vez que se dice, se dice por primera vez, con la misma fuerza o
mayor aún.