jueves, 28 de febrero de 2008

Monografía

1. Fastidio
Hace ya dos meses que emprendí la tarea de escribir una monografía para un seminario sobre la noción de “pueblo histórico” en Ser y Tiempo. El proyecto, desde el principio ambicioso por el simple hecho de que el profesor que lo dicta es conocido por su exigencia y/o severidad, se transformó en una pesadilla inagotable de material para leer, resultando un texto desorganizado, en el cual intento no dejar brotar una sola idea personal por miedo a tergiversar los conceptos.
Un enmarañado de desarrollos fieles, conjunciones eruditas injustificadas y, probablemente, montones de imprecisiones.
Ya voy 24 páginas.
No tengo más ganas de seguir escribiendo o leyendo sobre el tema. Logré, durante el proceso, transformar la inseguridad y la impaciencia en un odio profundo hacia el autor, la temática seleccionada y todo aquello que se encuentre cerca de un par de libros que me miran desde la bolsa en la cual llegaron y de la cual quizás nunca salgan… y si los tiro a la basura? Y si borro el archivo de la compu y me olvido del verano?
Todos los días me despierto con la esperanza de que llegue ese día que todos esperamos: el día en que, por algún motivo, las cosas resultan más claras y nuestras emociones contrarrestantes quedan a un lado para poder trabajar tranquilos, para poder hacer algo tan simple como “escribir una monografía”, algo de lo que supuestamente uno es capaz. Después de todo, si no puedo con un texto de 24 páginas, ¿qué voy a hacer cuando llegue el momento de la tesis?

jueves, 21 de febrero de 2008

"Toda persona que actúa ama entonces su acción infinitamente más de lo que merece ser amada; y las mejores acciones se producen en semejannte exceso de amor, de modo que en todo caso tienen que ser indignas de este amor, aun cuando su valor fuera incalculablemente grande."
(F.N., Segunda consideración intempestiva)

miércoles, 13 de febrero de 2008

La farsa de la comunicación

El silencio abunda por estos tiempos. Cubre lo por-decir y lo no dicho, cuyo intervalo me provoca una sensación de estar perdida, tanto por la frustración de las palabras no recibidas, así como también por la conciencia de que, cuando lleguen, no serán las esperadas.
El silencio no tiene experiencia del tiempo. Quizás la sensación más cercana sea la de flotar en un ilimitado vacío, de grises y negros, de humo y viscosidad.
Agitar los brazos no ayuda a salir de él, tampoco patalear: el silencio no es lo suficientemente líquido como para poder nadar en él. Sin embargo, uno no deja de intentarlo y quizás por ello se queda cansado luego, como si hubiera hecho un esfuerzo físico descomunal (fuera de lo comunitario… y sí). Lo cierto es que los traslados son casi fortuitos (por lo pronto, y en lo que respecta a la palabra, depende de otro). Quizás los muertos nos acompañen allí más de cerca, a veces me parece sentirlos. Ellos sí pueden discurrir libremente. Ellos lograron convertir al silencio en su lenguaje… o quizás ya no necesiten hablar.
Algunos de nosotros se llevan mejor con él. Les gusta la sensación de vacío, la experiencia imposible de la nada, el alejamiento e, incluso, la soledad.
Otros, entre los que me incluyo, no sabemos qué hacer, sobre todo cuando la extensión es incierta, nos resulta interminable. Llegamos a creer que puede no tener fin.
El silencio puede ser ignorancia o sabiduría, puede ser prudencia. Puede, incluso, refrenar a la mentira. Pero, más allá de lo que él efectivamente sea o pueda llegar a ser paraliza, angustia, incomoda, aleja, perturba, asusta, entristece, decepciona:

Trajeron la correspondencia; como no encontró ninguna carta de Lepré, tuvo un gesto de decepción. Entonces, comparó la distancia que había entre lo absurdo de una decepción –cuando no hubo allí ni el más ligero alimento para la esperanza- y la intensidad muy real y muy cruel de esta decepción. Comprendió que había dejado de vivir solamente en la vida de los hechos y los acontecimientos. (M. Proust, El indiferente)

viernes, 8 de febrero de 2008

In memoriam

Como en casi todas las oportunidades, uno nunca puede despedirse o quizás, siempre se está despidiendo.
Hace apenas unos días, falleció Paco Vidarte, filósofo español y, según mi parecer, uno de los mejores intérpretes derridianos. Algunos de nosotros tuvimos la oportunidad de conocerlo y ahora sentimos la tristeza de su despedida, habiendo dejando tras de sí muchas promesas.
Entre las coincidencias, el síntoma y la invención, Paco cruzaba los puentes que ponían en contacto a Derrida y Lacan en tonos desafiantes, divertidos, como si el riesgo, tanto de los encuentros como de los desencuentros, reforzara la energía adrenalínica de su discurso.
Un discurso de filosofía impulsivo:

De oír en labios de otro esto mismo, me escandalizaría sin duda, sentiría correr por mis venas litros de sangre encendida de ira santa, le pediría a quien fuera muchas explicaciones, que fuera más despacio, que procurara ser menos tajante, incluso le preguntaría por qué y para qué demonios hace y dice eso, advirtiéndole de los riesgos de estos vertiginosos quid pro quo de avezado prestidigitador. O puede que a estas alturas me tomara ya las cosas con más tranquilidad, sin darle mayor importancia. Decir que Lacan y Derrida se parecen mucho no tiene por qué parecerle inquietante a nadie. A veces también es bueno decir cosas para desmentirlas acto seguido. Decirlas para abandonarlas, o decirlas uno para que no las digan otros y ahorrarles el mal trago.

Entre las impresiones que permanecen más vívidas, lo recuerdo como un hylozohísta de ontologías del devenir. De líquidos y fluídos. De lo sensible. De una ley del suceder como symptôma y de una ética de la alegría, de la apertura hacia aquello que pueda darse.
Su ciencia jovial nos abrazó apenas lo escuchamos, lo miramos. El día que lo conocí, me contó fascinado su recorrido por Buenos Aires en bicicleta. Los ojos se le salían de los surcos y su cara, colorada, acompañaba a esa expresión de explosión facial que algunos humanos podemos generar en determinadas oportunidades, como las que suelen ser acompañas de relatos extraordinarios:

Yo pegaba de pequeño los chicles debajo del pupitre para reutilizarlos más adelante, donde había una verdadera reserva filosófica de goma de mascar propia y ajena, indistinguibles, para mitigar el aburrimiento en tardes de hastío. Y aún los pego en el borde del plato cuando tomo café para volver a masticarlos luego. Vicio pertinaz de funcionario historiador de la filosofía. Lo inanalizable tiene mucho que ver con la viscosidad del resto.

Lejos de las narrativas pretenciosamente conclusivas, la conferencia que dictó en las Jornadas “Por amor a Derrida"*, disparó directo hacia nuestras convicciones teóricas. Entre perplejos y fascinados, muchos de nosotros no sabíamos, no esperábamos, aquellas palabras que se pronunciaban en un registro out of joint del filosófico. Nos enamoramos de Paco y él, quizás, de nosotros. Nuestras naves se cruzaron y pudimos celebrar inolvidables fiestas. Algunas de ellas, entre copas de vino y carcajadas. Otras, quizás en dosis más académicas. Lo cierto es que Paco nunca dejó de invitarnos, de incitarnos a compartir aquello que para él era vital:

Confieso que mis mandíbulas ya están cansadas de rumiar el objeto pequeño j@cques y se ven incapaces de sacarle más jugo que no sea mi propia saliva. En cualquier caso el chicle que escupo es el mío. Y me ha dejado buen sabor de boca, aunque ya ha perdido su textura y aroma primigenios, incluso se le ha roto la fibra de tanto ser mordido y ahora se me queda pegado en los labios. No me importa si otro quiere mascarlo un poco más.

En el blog www.pacovidarte.org pueden encontrarse textos de su autoría, así como también relatos y fotos de sus últimos tiempos que, en un gesto de fortaleza desbordante, supo compartir.







* “Derriladacan”, de la cual han sido extraídas las citas que se mencionan en este texto. La versión completa puede hallarse en www.jacquesderrida.com.ar