El silencio abunda por estos tiempos. Cubre lo por-decir y lo no dicho, cuyo intervalo me provoca una sensación de estar perdida, tanto por la frustración de las palabras no recibidas, así como también por la conciencia de que, cuando lleguen, no serán las esperadas.
El silencio no tiene experiencia del tiempo. Quizás la sensación más cercana sea la de flotar en un ilimitado vacío, de grises y negros, de humo y viscosidad.
Agitar los brazos no ayuda a salir de él, tampoco patalear: el silencio no es lo suficientemente líquido como para poder nadar en él. Sin embargo, uno no deja de intentarlo y quizás por ello se queda cansado luego, como si hubiera hecho un esfuerzo físico descomunal (fuera de lo comunitario… y sí). Lo cierto es que los traslados son casi fortuitos (por lo pronto, y en lo que respecta a la palabra, depende de otro). Quizás los muertos nos acompañen allí más de cerca, a veces me parece sentirlos. Ellos sí pueden discurrir libremente. Ellos lograron convertir al silencio en su lenguaje… o quizás ya no necesiten hablar.
Algunos de nosotros se llevan mejor con él. Les gusta la sensación de vacío, la experiencia imposible de la nada, el alejamiento e, incluso, la soledad.
Otros, entre los que me incluyo, no sabemos qué hacer, sobre todo cuando la extensión es incierta, nos resulta interminable. Llegamos a creer que puede no tener fin.
El silencio puede ser ignorancia o sabiduría, puede ser prudencia. Puede, incluso, refrenar a la mentira. Pero, más allá de lo que él efectivamente sea o pueda llegar a ser paraliza, angustia, incomoda, aleja, perturba, asusta, entristece, decepciona:
Trajeron la correspondencia; como no encontró ninguna carta de Lepré, tuvo un gesto de decepción. Entonces, comparó la distancia que había entre lo absurdo de una decepción –cuando no hubo allí ni el más ligero alimento para la esperanza- y la intensidad muy real y muy cruel de esta decepción. Comprendió que había dejado de vivir solamente en la vida de los hechos y los acontecimientos. (M. Proust, El indiferente)
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