Sólo por un momento, dejé de lado la fantasía, crecí, logré liberarme del infierno y, supuestamente, de las fantasías creadas para sobrevivir al infierno. Pero, a veces, todavía creo que la fantasía no puede ser un libre juego de postulaciones, de imaginerías estratégicas y concretas, que se anclan en un mundo tan gris, como esa rosa púrpura del Cairo, que por no aceptar la monotonía de una vida miserable, tuvo que suscribirse al abono vitalicio de un cine que la ayudara a soñar.
¿Se puede realmente creer que todo lo que pasa en la vida es sólo un mundo tan racional y concreto, que divide lo fantástico de modo tan claro, al punto de que toda experiencia que rompa su límite, en última instancia, es mera transgresión o apostasía?
Siempre quise que existieran los personajes fantásticos.
Nunca pude soportar la posibilidad de que el mundo empiece y acabe en esta cadena de eventos a cumplir, cuyas decisiones llevan tiempo, precaución, formularios y decoros. Como si el continuum fuere irrompible.
… y qué pasa si no me alcanza? Si el mundo así narrado me aburre, entristece y hasta, por momentos, me enfurece?
Qué pasa si la próxima película va a ser la que decida mañana el color y el vestido y hasta yo misma mañana, en otro horizonte, con otra historia, sólo por unas horas…?
Qué consuelo la fantasía, qué kantiana también, mesiánica en el peor y el mejor de los sentidos del término.
Ahistórica, singular, inconfesable, dolorosa, autobiográfica.
El silencio en el suspiro.
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