Aprieto los dientes y fijo la mirada en cualquier punto: espero a que se me pase, como cuando éramos chicos y, en pleno invierno, caía con las palmas directas al suelo... dolor, dolor y más dolor, sólo apretándolas parecía desaparecer. También una quemadura...
Siento que puedo generar tanta energía en mis momentos de bronca que mis eternos sueños de luchas y persecuciones (propias, a otros) a veces pueden mostrarme la energía ancestral que me alimenta cuando la ira se posa sobre mí.
Pero quizás la peculiaridad de mi bronca sea el llanto. Lloro sin parar, las lágrimas borbotean enfrentando todas mis resistencias. Me burlan. Y yo me ofendo con ellas y conmigo. Encima lloro.
La duración del enojo varía de épocas y situaciones, aunque ninguno de ellos deja de mostrar su marca, aunque más no sea el resabio de una intensidad, al fin de cuentas, mejor que haya intensidad y no más bien la nada.
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