Pregunta por la dirección, por los metros y las horas que faltan para que algo no esperado se presente. Pregunta por la posibilidad de lo imposible y, mientras pregunta, admite lo milagroso.
Toma un sorbo de naranjada, absorbe un poco de cigarrillo, pierde su mirada por un instante que ni siquiera importa recordar.
Dice que le gusta sentir que la primavera tiene el carácter del augurio y que los buenos aromas traen otros mejores, de carne y fantasías táctiles. El devenir cuerpo del aroma…
Y quizás entonces los nuevos olores alejan los viejos, lo cual nunca es malo.
Volver a hundir la nariz sobre la carne, frotarse y hacer ese olor propio. Entonces, hay que cambiar de perfume. Y también nuevos cosméticos y accesorios acordes.
Pita su cigarrillo otra vez, casi consumido en el cenicero y mira el cuaderno que ha estado rozando y presionando con sus manos y un pequeño lápiz ya sin buena punta. Las manos sudadas y la naranjada aguada por el hielo derretido.
Las páginas están escritas en líneas que siempre se curvan hacia arriba. Diferentes colores de tintas y grafitos demarcan las secciones de un texto fragmentario que siempre encuentra acogida cuando algo duele, cuando algo no cierra. Quizás sea cierto que la exigencia del pensamiento aparece cuando la vida se nos torna más pesada y lenta, cuando el tiempo se resiste a discurrir ligeramente (siendo quizás por ello que los momentos de mayor regocijo son siempre vividos como tan breves).
Vuelve al diario. Esta vez copia una cita de “La práctica de la alegría ante la muerte”*:
Los rumores de lucha se pierden en la muerte como los ríos en el mar, como el brillo de las estrellas en la noche.
La potencia del combate se consuma en el silencio de toda acción.
Entro en la paz como en una oscuridad desconocida.
Caigo en esa oscuridad conocida.
Yo mismo me convierto en esa oscuridad conocida.
Ver en la oscuridad: nuevas horizonticidades, vaya dios a saber desde qué circuitos inescrutables para una lógica de la secuenciación desde una pura percepción atenta hacia cada vez menos chances de tener a mano una presentificación posible. Estas nuevas horizonticidades no son los viejos “horizontes de incognoscibilidad”. No quieren la deuda de toda esa categorización.
Es un ver que sólo puede ser cayendo. Pero cayendo a una paz de la noche, cada vez más noche y, por tanto, más oscuro. Más visión quizás por tanto. Ver lo invisible, en la debilidad que siempre le gana a la fuerza. Por momentos veo lo opuesto de lo que veo cuando miro sobre la luz. Ahora no hay sombras, sino intensidades, veo cercanía, amontonamientos, amenazas de yuxtaposición. Y el tiempo ha vuelto a detenerse, pero no es plenitud, es desierto.
Hoy el texto no va a ninguna parte. Dan ganas de borrarlo, da pena por el tiempo... Agregar más? Tacharlo?
No lo decide. Prefiere sólo cerrarlo, que las páginas se peguen por la humedad si no quieren ser frecuentadas.
*G. Bataille, La conjuración sagrada.
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